1987: Una plaga bíblica
Juan Carlos Gómez VerdugoJuan Carlos Gómez Verdugo
Aviación

1987: Una plaga bíblica

Jun 28, 2026 · 7 min

← Back to Blog

Hoy, la trinchera está tranquila, los recuerdos y los pensamientos gotean y escribir es un buen recurso. Recuerdo mis comienzos en tiempos de aviadores. 1987.

Biplano Grumman amarillo de extinción aparcado al atardecer

Terminada mi primera campaña como piloto de Extinción de Incendios. Suena el teléfono.

Hay que llevar dos aviones a Zagora. Una pista de arena en el desierto del Sáhara. Una plaga bíblica está arrasando los oasis de la zona. Dicen que Moisés amenazó al Faraón con una de estas. Un nuevo reto.

Mapa de la ruta hacia Zagora, en el sur de Marruecos

No es un asunto sencillo para nuestros aviones biplanos Grumman, cuyo único sistema de navegación es una brújula. Pero éramos jóvenes y eso de salirnos del cuadrado era lo nuestro. Es el mismo modelo que empleamos en esa primera campaña de incendios.

Biplano Grumman, el mismo modelo usado en la campaña de incendios

El tanque de agua, con capacidad para 2.000 litros, con el que combatíamos los incendios nos permitiría llevar una gran cantidad de producto contra la plaga.

Dos días de navegación por la baja velocidad de nuestros aviones y una autonomía de 2:15 horas de vuelo. Nuestro primer destino, Zagora.

Pista de arena con rayas blancas marcando los márgenes en medio del desierto

Rayas blancas para distinguir los márgenes de la pista en medio de la nada. Y llegamos.

Llegada al centro operativo en el desierto

Cuánto aprendimos, cuánto vivimos. Cada día un reto. Reuniones nocturnas en el centro operativo, donde las comunicaciones tardaban horas con uno de esos teléfonos a los que había que dar a una manivela.

Durante el día, helicópteros militares sobrevolaban la zona para ver dónde se habían trasladado los focos de la plaga, además de notificar a los tanques situados contra el Polisario que las aeronaves que volaran en formación sobre sus cabezas eran amigas… El Polisario, con misiles SAM, derribó a uno de los compañeros americanos con un DC-6 que, como nosotros, trabajaba en formación contra la plaga.

Helicóptero militar sobrevolando la zona de operaciones

Como una sola inteligencia, millones de langostas oscurecían el día en su vuelo hacia las pocas zonas verdes del desierto. Había que evitar que los diferentes focos cruzaran el Atlas. Además de intentar salvar las pocas zonas verdes y cultivos con los que sobrevivían los lugareños. Densidades de insectos de miles por metro cuadrado.

Nube de langosta cubriendo el cielo del desierto

Reunión por la noche. Llegaban los resultados del seguimiento de los diferentes focos. Después de muchas vueltas a la manivela del teléfono entre los diferentes centros operativos, la central decidía los focos que trabajaríamos. Conocíamos el mundo de la fumigación. Esto no sería muy diferente.

Pero qué equivocados estábamos. La estrategia contra la plaga la llevaba el ejército junto al asesoramiento de ingenieros que conocían bien a lo que nos enfrentábamos. Pensábamos que no encontraríamos ningún otro escenario tan hostil como el de enfrentarse a un incendio forestal. Pero también en esto nos equivocamos.

Avión de fumigación preparándose para una misión contra la plaga

Cuando tenían decidido los focos a trabajar, nos daban coordenadas y número de hectáreas aproximadas. La primera noche, complicada. No sabíamos a qué nos enfrentábamos.

Preparativos nocturnos antes del primer vuelo

Las zonas de trabajo nunca estaban cerca. Sabíamos que tendríamos que navegar a brújula sobre el desierto, y nuestra autonomía de combustible nos daba para llegar a la zona, hacer el tratamiento y volver con el combustible justo. Agua y dátiles en la bolsa. Eso nos permitiría aguantar mejor si hacíamos una toma fuera de campo. Sentados en la arena, bajo nuestro plano, preparábamos el vuelo. Rumbo hacia las coordenadas.

Preparación del vuelo a la sombra del ala, sentados sobre la arena

Dicen que la limitarán con cuatro grupos de matorrales ardiendo. Pero no… No siempre había cuatro puntos ardiendo.

En el primer vuelo despegábamos casi de noche. Teníamos que llegar antes de que la plaga empezara a volar. Cuando la temperatura es baja, la plaga queda en el suelo. Pero en el segundo vuelo no nos hacían falta matorrales ardiendo en el suelo. La plaga se ve como una nube aterradora, sólida.

La plaga de langosta avanzando como una nube sólida sobre el terreno

Cuando entrabas, te sentías en plena batalla contra una plaga que parecía estar controlada por una sola inteligencia. Lo del vuelo visual… cada vez más complicado, y el sonido de los impactos contra el parabrisas aún lo llevo dentro.

Vista desde la cabina dentro del foco de la plaga

Primeros rayos de luz. Batería, bomba de combustible… La puesta en marcha de este motor de estrella, con nueve cilindros Pratt & Whitney, era una obra de arte. Te decía con su sonido si le faltaba o le sobraba combustible. Me gustaba ese momento en el que, si mirabas los escapes de tu compañero, veías salir las llamas por los tubos. Sonido inigualable que encendía emociones.

En pista, alineados. Pistones y cilindros están suficientemente calientes. Parámetros OK. Qué importante mantener los parámetros en verde durante el vuelo. También los tuyos. El corazón es tu mejor instrumento. Miras el avión de tu compañero situado a tus dos. Sientes el rugido de su avión cuando entra toda la potencia. Cero visibilidad por arena en suspensión. El viento la desplazará; debo esperar unos segundos, así evito también su turbulencia. Pero deseas escuchar rugir tu motor. Parámetros en verde. Palanca de potencia hasta el tope adelante, pero poco a poco, o estos motores radiales se enfadan y les entra la tos. Todo vibra. El sonido te envuelve. Las emociones también.

Los límites de la pista no se ven con claridad. Estos motores radiales y la configuración de patín de cola impiden la visión frontal, pero tampoco pasa mucho si te sales… Todo es igual, pero al menos sabemos que entre las rayas no hay agujeros. Las rayas laterales de la pista cada vez pasan más rápido. Necesito algo más de velocidad para levantar la cola y ver por fin qué hay por delante… Todo vibra… Ahora sí, la cola se levanta. Arena en suspensión de mi compañero, que despegó primero. Debí esperar un poco más. Casi mejor cuando solo miraba las rayitas laterales… Velocidad, necesito más para que llegue la magia del vuelo.

Volamos… no, no hay velocidad suficiente, los baches en pista te expulsan, pero no es suficiente velocidad para volar seguro. Rozamos de nuevo la pista. ¿Velocidad? No puedes quitar la vista frontal. El avión te dice cuándo está listo. Casi no hay que mover la palanca. Él quiere volar. Arriba. Ahora sí, entramos en esa tercera dimensión. Todo cambia. El estado de conciencia también.

Despegue del biplano levantando arena en la pista

Aquí no hay carreteras ni pueblos cuyo dibujo en tierra te indique que vas bien… Me sitúo a las tres de mi compañero. Nos sentimos más acompañados así. Rumbo 235.

Los dos Grumman volando en formación sobre el desierto

En la península, si te sentías perdido, seguías una carretera hasta llegar a un pueblo, bajabas e intentabas leer el cartel de entrada al pueblo. Pero los mapas del ejército, aquí, tienen perfectamente dibujada la orografía del terreno. No he visto mejores cartas de navegación.

Carta de navegación militar con la orografía del desierto

Son muchas las situaciones que hemos vivido en esa etapa. Algunas extremas, y de las que sales sin entender bien cómo. Material real para escribir más de un libro. Lo más importante no es el momento en sí, sino cómo lo vives. Sensaciones que rompen paredes.

Instalaciones del campamento en el desierto

(Centro médico)

En cada situación extrema, y son muchas… vives en otro estado de conciencia. Sientes que conceptos como el tiempo, y otros parámetros con los que vivimos, tienen límites muy diferentes.

Pero no solo eso. A veces hay momentos que no entiendes y parece que se te presentan como sombras de otra realidad.

Juan Carlos Gómez Verdugo. Aviador.