Aviador
M. DíezM. Díez
Aviación

Aviador

Aug 10, 2026 · 10 min

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Un día ingresó en la Academia General del Aire. Se abría un mundo nuevo que daba sentido y vida a un sueño que latía en su corazón desde muy temprana edad y fue allí, donde conoció a sus primeros camaradas y donde entró de lleno en su vida el avión.

—¿Qué es esa cosa?

—No es una "cosa". Vuela. Es un avión. Es mi avión.

El avión, esa máquina a la cual damos vida con solo pulsar un interruptor, cuyo latir vigilamos como si fuese el de un hijo; potente y fuerte y al mismo tiempo "tan frágil". Un error lo convierte en llamas y lo mezcla con el viento.

El avión se dispara, entra en barrena. El horizonte pasa de un golpe sobre su cabeza, como una sábana. La tierra le envuelve y gira enloquecida, arrastrando consigo sus bosques, sus campanarios, sus llanuras…

Una misma maniobra y tan distinta. Basta quizás un par de vueltas para que el mundo cambie atornillado, basta tan solo que el avión no sea el mismo, que una ligera y amable "Mentor" se transforme en un bravo T-6, para que una alegre maniobra se convierta en una barrena y luego en un suspiro. ¡una, dos, tres ….. ¡ha salido la barrena!

Y allí arriba, desde dos puntos, desde dos motas de polvo tras el cristal azul de mi cabina, dos compañeros suspiran junto a mí…. ¡La ha sacado!

No te puedes imaginar la calma, la soledad que encuentras a 35.000 fts, acompañado del rumor de los motores como fondo. Miras a tu alrededor. ¡Qué mundo tan bien ordenado!

Caza F-5 del Ejército del Aire ascendiendo en vertical con la deriva pintada por las 300.000 horas de vuelo

Por medio del avión te alejas de las ciudades, de sus bullicios, de sus incomodidades. Se está en contacto con el viento, con las estrellas, con la noche, con la arena, con el mar. Se regatea con las fuerzas naturales. "Se espera el alba igual que el jardinero espera la primavera. Se espera la escala como una tierra prometida y se busca la verdad en las estrellas".

Sentados en corrillo en una noche fría, alrededor del fuego, los hombres se trasmiten sus secretos al igual que lo hicieron hace cuarenta mil años. El hombre viejo de la tribu, el hombre sabio, el hechicero, el viejo piloto, conoce los trucos que permitirá conseguir las llaves del secreto. "Jamás sobrevueles los mares de nubes por encima de las montañas, pues debajo de los mares de nubes se encuentra la eternidad".

Se cuentan anécdotas, todas maravillosas, averías en el campo. El motor enfermo tose, se envuelve en un humo blanco. Se pierde altura, árboles, casas, pueblos, se separan de un horizonte liso, son arrastrados hacía atrás a la deriva. Un peñasco se atraviesa como un disparo de honda, una zanja que se salva, una rueda que gira sola, desbocada, ignorando su camino. Polvo, mucho polvo, la punta de un plano riega de chispas las piedras, el metal llora, los tirantes se parten y repentinamente se escucha el silencio, mientras el sol brilla. Es la vida.

"Dos minutos más tarde, de pie sobre la hierba, me sentía joven, como posado en alguna estrella donde la vida vuelve a comenzar".

Aquellos veteranos alimentaban sabiamente nuestro respeto, más de tiempo en tiempo, aptos ya para la eternidad, alguno de ellos no regresaba.

En vuelo, en una noche tormentosa en la que los vientos y las descargas eléctricas juegan con el avión impidiendo el control de la navegación, se hace obligado perforar nubes y buscar un sitio donde aterrizar tan pronto como sea posible. El combustible no dura siempre. Se vuela rumbo al mar los minutos suficientes como para estar seguro de que debajo del avión ya no hay alturas y una vez estabilizado el avión por encima del agua, debajo de las nubes, ir cambiando el rumbo e intentar, si es necesario, un aterrizaje de emergencia sobre alguna playa desierta. La oscuridad debajo de aquella nube es absolutamente impenetrable. Acerco mi cara al cristal de la cabina, e intento ver debajo de mí, descubrir luces, señales, algo tangible. Es como buscar entre cenizas. "Soy un hombre que se esfuerza en encontrar los brazos de la vida en el fondo de un hogar". Una violenta sacudida, el retumbar de un trueno en los oídos y el avión impacta con el suelo invisible.

Resulta inexplicable que siga con vida, pero ¿resulta inexplicable? Ciertamente, pero no más que la propia vida, no más que el Universo vacío de materia que se expande sin cesar. Nada comprende el hombre por sí solo. Y es que para comprenderlo todo hace falta la compañía de Dios.

Rudel, el más condecorado piloto alemán, el piloto de los Stukas, cuenta en sus memorias que, sacando un picado, sintió dos golpes en los planos. De regreso al campo, una vez en el suelo, se aclaró el misterio. En la estepa rusa, dos abetos habían sido derribados. Cuantos pilotos deben su vida a un par de metros. Cuantos la perdieron, tal vez por tan solo uno.

"Los que han probado este alimento una vez, ya no lo olvidarán".

No se trata de vivir peligrosamente. Tal formula resulta pretenciosa. No es el peligro lo que se ama. Yo sé lo que amo. Amo la vida.

Caza F/A-18 del Ejército del Aire en vuelo sobre un paisaje de montañas y nubes

Hoy la aviación es distinta, se ha cambiado por ese tipo de torpedo volante que nada tiene que ver con el vuelo y que convierte al piloto, entre interruptores y esferas, en una especie de jefe de contabilidad. Las tripulaciones se encierran en un laboratorio. Obedecen a un juego de emisiones radio y agujas marcadoras y no al entorno natural de los paisajes. Fuera, las montañas continúan inmersas en las tinieblas. Son potencias invisibles cuya distancia es preciso calcular. La radio emite mensajes procedentes de una estación remota, el satélite informa al navegante puntualmente de su posición y el piloto corrige la deriva de la ruta sin saber si las montañas se han movido. Las tripulaciones viajan así. No tienen sensación de estar en movimiento. Se encuentran muy lejos, como la noche en el mar, de todo punto de referencia y las horas se van desgranando poco a poco. Y en esas pantallas, en esos instrumentos digitalizados, se agita toda una alquimia invisible. Y cuando la hora suena, el piloto con absoluta tranquilidad puede sacar la cabeza, mirar fuera y comprobar que de la nada ha nacido el oro. Allí están brillando las luces de un aeródromo.

Y súbitamente, alguna parte del mundo estalla en guerra. Aparentemente nadie la ha buscado, pero ha llegado y está aquí para quedarse. En el suelo rádares de adquisición y direcciones de tiro se turnan, en un paisaje cambiante a lo largo de la ruta, en hacer puntería y, si es posible, disparar y derribar mi avión. La cabeza se pierde en mil pensamientos, mientras los ojos inmovilizan con su mirada las movedizas indicaciones del alertador.

El piloto no ha perdido aún la esperanza de ver la luz de un nuevo día, de poder disponer de una nueva noche para poder pensar tranquilo, sin angustia, sin el temor de sentir su cuerpo roto en el próximo segundo.

Esperaré la noche, si todavía vivo, para reflexionar. ¿Se teme uno así mismo? ¿a la muerte? No. Al encontrarla, ya no existe. La muerte no me parece augusta, ni majestuosa, ni heroica, ni desgarradora. Se me presenta simplemente como un signo de desorden.

Y cuando el piloto regresa, una vez cumplida su misión, siente el legítimo orgullo de sí mismo. Es tan solo por lo que ha hecho, por ser un aviador militar que ha cumplido con su deber. Por ser uno más entre los miembros de su grupo.

Una vez más, ha ido a buscar la prueba de su fe. Ha comprometido su ser con la aventura y lo ha comprometido con todo en su contra. En un solo vuelo ha aprendido mas sobre sí mismo que durante diez años de reflexión.

Y cuando regresa a casa y mira alrededor, una profunda tristeza invade su alma al ver una juventud pasear por las calles y plazas cuestionando todo aquello que les ha dado el privilegio de alcanzar metas sin ni siquiera haberlas perseguido. Son los hijos de una civilización nueva, hedonista, la civilización del consumo, hijos de papá que no han conquistado nada con su sangre ni con su arrojo. Forman parte de una civilización en donde el hombre es aplastado por la masa.

En este extraño mundo, el héroe no lucha, deserta y el que con un arma en la mano defiende a su país, es mirado desde un seguro y cómodo rincón por su conciudadano que no lucha, no con el agradecimiento natural de quién sabe que le está defendiendo, sino con horror.

"Un individuo debe sacrificarse por la salvación de una colectividad. Sabemos bien que no podemos hacer otra cosa que lanzarnos a la hoguera, aún cuando el gesto sea inútil. Pero contra toda esperanza, pese a todo, se sigue luchando en silencio, sin buscar en otros la culpa de la posible derrota. No contribuiremos a aumentar la división de los míos achacando la responsabilidad del desastre a aquellos que no piensan como yo".

Adoro esta forma de vivir. Quizás la grandeza de un oficio consista en unir a sus hombres. Solo existe un lujo verdadero y es el de las relaciones humanas. Trabajando únicamente por conseguir bienes materiales, no hacemos más que construir nuestra propia prisión. Nos encerramos solitarios con nuestra provisión de ceniza, que no nos proporciona nada que merezca ser vivido.

No se puede comprar aquel vuelo nocturno, a las cuatro de la mañana, sobre un Atlántico inmenso y oscuro, con sus cien mil estrellas, aquella serenidad, aquel poder absoluto sentido durante unas cuantas horas. Noches volando en las cuales eres capaz de saborear, como un poeta, la llegada del alba.

No se puede comprar la amistad de un compañero a quien las adversidades superadas juntos han ligado a nosotros para siempre, pues así como la vida nos va dejando arrugas en el rostro, nosotros vamos dejando amigos en el tiempo. Y es que cada destino nos marca con sus recuerdos y al partir para incorporarnos a una nueva base o a un nuevo escuadrón, siempre dejamos atrás unos amigos y con ellos un jirón de nuestras vidas y muchas horas bonitas y verdaderas.

Y de cuando en cuando….

"Comunican que el "Gallo-23" se ha estrellado contra el mar. Se han visto flotando restos del avión, pero nada se sabe del tripulante".

Los compañeros esperan noticias. Si a la hora prevista no regresa, se les espera una hora, un día, dos días, pero el silencio que separa a un hombre de los que le esperan se ha hecho ya demasiado denso.

Quién de nosotros desconoce esas esperanzas que se tornan cada vez más frágiles. Ese silencio que empeora minuto a minuto como una enfermedad fatal.

Al fin tenemos que convencernos que nuestro compañero no regresará, que descansará para siempre en aquel mar cuyo cielo había surcado tantas veces.

Un hombre que luchaba por un ideal, por su familia, por su Patria y que, en su ya profunda tumba, fría y húmeda, no podrá tener el consuelo de su fe. En el mejor de los casos, una simple estrella de mar y como flores, las verdes algas que en su fondo nacen. Triste pero real y Dios no lo quiera.

Bajo el mar, junto a la costa, donde el agua se convierte en espuma que se pierde en el aire, descansa en paz, en su avión. El agua le defiende del polvo, le amortaja y le alhaja de arena grano a grano.

Nunca se halló su cuerpo ni los restos de su avión. Pasará a ser uno de esos personajes del cielo que en cualquier momento pueden convertirse en leyenda.

Llevará en el fondo de su corazón un recuerdo que no puede ser relatado, color de luna, color del tiempo.

Dios así lo quiso y estará entre los aviadores que pasean y hablan de sus vuelos.

Así es la vida de un aviador. Así es la vida de mis compañeros, esos hombres que vuelan.

Agosto 2026

Pilotos de un escuadrón posando ante un caza Mirage F1 en la plataforma

En memoria; Cap. Ángel Horcajo, Cap. Sergio Durán.

Las citas entrecomilladas proceden de la "Biografía de A. Saint-Exupery".