Poco a poco vamos viendo como vamos perdiendo la parte más bohemia de la aviación de la misma manera que vamos perdiendo el olor al pan recién Hornado.
Pilotos que demostramos cada día que, por mucho que avance la tecnología, el factor humano y el amor por la aventura siguen siendo el motor más potente del mundo.
En un mundo de seguridades aún queda una huella del pasado, Un rincón en el cielo, donde la incertidumbre, la destreza manual, el placer por los pequeños momentos vividos en solitario acompañaban a los aviadores.
Este relato, lo escribí hace unos 30 años y casi podría formar parte de la historia de lo que fue esta especialidad prácticamente desaparecida que nos hizo ser lo que somos y nos preparó como ninguna otra especialidad para este vuelo de combate en Incendios Forestales.
Banderas dormidas en la bruma
Mi mañana se enciende siempre con la música de los Beatles. Me acompaña y me anima oírles en el camino solitario hacia la base, como un mantra que precede a la tormenta.
Fiel a mi costumbre, pronto pasaré por la venta El Águila. Guardo un afecto especial por ese rincón del camino porque, además de regalarme un buen desayuno caliente, sus banderas me revelan en silencio cómo empezará el día. Hoy las observo desde el cristal: están ahí, completamente quietas, sin moverse. Sonrío para mis adentros; eso está bien, porque el viento no es un buen amigo cuando tienes que aterrizar y domar el metal en pistas de apenas tres metros de ancho, donde el margen de error es un lujo que no poseemos.
El horizonte despierta perezoso y parece que hay algunos bancos de niebla flotando sobre los campos. Espero que el cielo abra pronto sus puertas. Hoy la tierra tiene urgencia, hay bastante faena y los agricultores nos aguardan abajo como si lleváramos medicamentos vitales a un campo que se encuentra muy enfermo. Ha llovido demasiado en estos días y no pueden meter sus pesados tractores en el fango. El cielo es su única esperanza.
Al llegar, tal como me temía, la niebla se ha adueñado de la base. Mis compañeros ya están allí, siluetas borrosas que comparten una tertulia tibia junto a sus tractores con alas. Apago el motor de mi coche y me uno a ellos, buscando el calor de la palabra antes del vuelo.
La liturgia de la base: El mapa de los peligros compartidos
—Hola colegas, vamos a por otro día —les digo, rompiendo el hielo de la mañana.
—Iremos —responde Fernando, con la mirada puesta en las nubes—, pero espero que no demasiado tarde.
—Sí, esperemos. Por cierto, Fernando... ¿conoces la pista de la ermita?
—Sí, la conozco bien. Solo tiene 300 metros y los metros vienen siempre un poco escasos. Pero escucha: si no logras tener la velocidad suficiente en el momento del despegue, justo al final te aguarda un barranco. No te asustes, te tiras por él; es ahí, en la caída, donde terminas de coger la velocidad. Eso sí, tienes que hacerlo pronto, reaccionar de inmediato para tener mando y girar con el alma a la izquierda... porque justo en frente, a unos escasos 800 metros, tienes un cerro esperándote.
—Entendido. ¿Y tú dónde vas hoy?
—Yo voy a la finca de los alguaciles. Y después a la de la Duquesa… ¿La tienes ubicada?
—Sí, los aguaciles no es una finca malota, pero tienes que llevar un cuidado inmenso con una de sus curvas. Es una pequeña carretera que cortan para nosotros y el asfalto resbala un poco. Justo después te salen al encuentro unos árboles y, si no les quieres dar un beso con el plano, te tienes que pegar al ras de un lateral. El año pasado me descuidé un segundo y me dejé allí las luces de posición.
La tertulia fluye lenta entre nosotros. Entre bromas y confidencias, hablamos de nuestras pistas trampa; lo que ayer fueron pequeños incidentes que nos helaron la sangre, hoy cobran la forma de risas compartidas, saboreando con orgullo ese ratillo de auténtica amistad.
El despertar del metal
De pronto, el sol rasga la bruma y el cielo, poco a poco, nos abre su gran puerta azul. En ese instante, las voces se apagan y ahora solo hablan los motores, que comienzan a calentar el aire con su rugido sordo y poderoso.
Dentro de la base, la atmósfera cambia por completo. Unos compañeros extienden con mimo su mapa de carreteras sobre el metal para descifrar la situación exacta de la finca que les toca tratar; otros, simplemente, aprovechan esos últimos minutos de quietud para disfrutar del momento, suspendidos en el presente.
Nadie dice nada, pero todos lo sabemos en el fondo del pecho: el día no será fácil, como ninguno lo es en este oficio. Estará lleno de retos. Pero es nuestra vida, y el cielo ya nos está llamando.
El susurro del viento y el metal: Memorias de un piloto de campo
Vamos subiendo cada uno a su montura. En pista, esperamos un minuto entre despegues para no entrar en la turbulencia del compañero. Todos ya en vuelo cada uno toma el rumbo hacia la primera finca.
En este tipo de vuelo, el mapa de aviación no era siempre el más útil, nos fiábamos más del de carreteras…. Cuando las brújulas nos jugaban una mala pasada, seguir una carretera o una via de tren era una garantía.
Ahí frente a mí se dibuja la pista. Vista desde el cielo parece corta, un hilo apenas perceptible en la inmensidad de la tierra. Sé que debo tomar tierra justo al principio, acariciar el umbral exacto si no quiero terminar cayendo por el barranco opuesto. Pero esta pista promete ser una danza divertida.
Corto gases, libero todo el flap y siento el empuje. Vamos demasiado rápido; me obligo a rebajar la velocidad, rozando casi el abismo de la pérdida. En este oficio hay que aprender a escuchar al avión, hay que sentirlo latir bajo los dedos. Si entro con demasiada prisa, sé que tendré apuros para frenar la inercia. Un ajuste más... y ahí va bien.
Todos los aviones hablan. Tienen voz. Te confiesan si no vuelan cómodos o si los estás forzando más allá de sus límites. Ellos también se enfadan, tienen su propio orgullo. Si algo nos enseña esta profesión con el paso de los años, es la humilde necesidad de escucharlos. Mientras fumigamos a tan solo dos metros del suelo, o cuando desafiamos la gravedad despegando en pistas de tres metros de ancho plagadas de charcos y curvas, no existe el lujo del tiempo. No podemos perder los ojos mirando el interior de la cabina, buscando un frío instrumento de aguja que nos dicte la velocidad. Lo verdaderamente sagrado es que el avión se sienta a gusto en cada situación, en cada quiebro. Y eso él lo sabe expresar mejor que cualquier dial de cristal; te lo cuenta directamente al alma, sin intermediarios, sin cables ni tubos de por medio.
La toma de tierra de hoy ha sido un reencuentro hermoso, una caricia limpia que me ha regalado incluso metros de sobra antes del final. Esperando en la cabecera, como un viejo guardián de la tierra, aguardaba el agricultor junto a un gran camión de abono.
—Hola, ¿cómo está usted? Soy Juan Carlos, ¿qué faena tenemos hoy por aquí?
—Hola chaval, menos mal que has llegado. El trigo se nos está quedando muy amarillo de tanta agua; vamos a echarle un poquito de abono, a ver si revive.
—Pues para eso hemos venido. Dígame usted cuántas hectáreas vamos a tratar y con qué dosis diseñamos el vuelo.
—Son unas 55 hectáreas. Le vamos a meter 150 kilos por cada una. Pero ten cuidadito, hijo, que justo en mitad de la finca se cruza una línea de alta tensión.
—Gracias por el aviso. Si no es demasiado baja, intentaré pasar por debajo, jugando a los dados con el aire. ¿Dónde me va a colocar a los señaleros?
—Los colocaré uno en cada linde; irán contando doce metros cada vez que pases sobre ellos.
—Vale, pues vamos a la faena. Puede decirles a los cargadores que empiecen a alimentar al pájaro. El primer vuelo lo haremos ligeros, con 500 kilos. Si el despegue es noble, en el siguiente le meteremos más peso.
Motor a fondo. El rugido inunda el espacio y mis pies se mueven rápidos, casi por instinto, Si piensas te sales de pista hay que anticiparse con el mando aerodinámico del timón. Usar los frenos para mantener el avión alineado en un suspiro de pista es un lujo que las distancias cortas nos prohíben.
La cola del avión ansía levantarse; empujo la palanca adelante a falta de 150 metros para el final. Pero este viejo amigo aún no quiere despegar; me pesa el ala, debí meter menos kilos. Al fondo aguarda el barranco. Tiro de la palanca arriba un poquito... pero el avión se resiste, prefiere seguir aferrado a la tierra ¿eh? Bien, te concederé un poco más de tiempo. Quedan cincuenta metros. De pronto, la palanca empieza a cobrar esa dureza hermosa del aire y se escucha el canto sutil de las ruedas cuando ya solo acarician la pista. Creo que por fin quiere volar. Aprovecharé los últimos reductos de tierra para que gane seguridad. Ahora sí, ¡arriba! Bien, viejo amigo, bien... ni siquiera nos ha hecho falta el viejo truco de dejarnos caer un poco por el barranco para ganar velocidad. El próximo vuelo lo haremos con cincuenta kilos más de carga, ¿te parece?
Un viraje cerrado a la izquierda y ahí, rendida ante nosotros, aparece la finca. La sobrevolaré primero, como quien estudia un lienzo, para adivinar sus obstáculos. Está limpia, salvo por esa cicatriz de alta tensión que la cruza. Me sonrío: parece que podremos pasar por debajo.
Aún recuerdo mis primeras líneas entre los cables; entonces eran todo un reto, un nudo en la garganta. Con el tiempo descubres que trabajar entre cables es una artesanía fácil: primero calculas el espacio con la mirada y, una vez que decides pasar, te prohíbes volver a mirarlos. Solo queda pegarse al suelo todo lo posible. Eso sí, hay que cuidar los postes, duros e incómodos de esquivar si te despistas. Pero el tiempo te otorga un don: empiezas a sentir los planos de tu avión como si fueran una prolongación de tu propio cuerpo, de tus propios brazos, sabiendo con precisión milimétrica a qué distancia pasarás de torre. Siempre que la altura del cable lo permita, hay que pasar bajo la línea; en los tratamientos agrícolas, cambiar de altura significa alterar el viaje del producto, desdibujar la cura.
De esa pista, pasé a la de una famosa Duquesa. Bueno, lo de pista…. El camino que te lleva al cortijo va bien. Promete va aser divertida.
Fueron muchos vuelos hoy, una procesión hermosa de agricultores con sus tractores cargados de esperanza y abono. Algunos traían la tierra dibujada en un plano de papel; otros la pintaban con el dedo sobre la arena, todos con el rostro encendido de alegría porque sabían que llevábamos una buena cura para su trigo enfermo.
Y el día, finalmente, se apagó. Poco a poco, los tractores del aire van regresando a la base, cansados, pero con las bodegas cargadas de aventuras compartidas y risas que flotan en el hangar.
De vuelta a casa, en la intimidad del camino, dejo que me envuelva un poco de música de piano. Me relaja las manos y el alma, otorgándole la salsa justa a este disfrute callado por lo vivido. Con el eco del motor aún en el oído, la música parece hoy un poco más bonita.
Detrás de nosotros quedan los pequeños sobresaltos, el frío en el estómago y, por encima de todo, el cobijo de las grandes satisfacciones.
Mañana más
Juan Carlos Gómez Verdugo. Aviador
